Wild Covid

Un mando a distancia -el mejor antídoto contra la televisión venenosa- tiende a parecerse a un consolador. Cada vez es más redondeado, con menos botoncitos, más fálico. Pero a ciertos tóxicos televisivos no los inhibe ni siquiera el gobierno diligente de un artilugio tan ergonómico. Cuando crees que has esquivado la bahorrina, llega el día después, en el que -por ejemplo- una ministra cualquiera decide abrir el pico. Y muy digna, como tiene claro que ella pare y ella decide, pues eso, va y alumbra una inconveniencia de primeriza… y de campeonato.

Así que tras un par de días sellando, sin mucho éxito, todo resquicio por el que se quiere colar el hedor de la historia de Rociíto (buf es que no sé ni cómo se escribe) anoche, a ver quién era el guapo que se enchufaba a la tele.

Sin embargo, me quedé pegado ante el televisor viendo Wild COVID. https://www.rtve.es/alacarta/videos/otros-documentales/?pais=US&fbclid=IwAR3onS4xT0xiOMEKrmBK6YeAbEIclkl4eSBJImeacAJMho0pp2USwX4SY90

No es que yo sea mucho de documentales de animales, pero esta vez mi amigo Sergio formaba parte del equipo de televisión que el 16 de marzo de 2020 se quedó aislado en territorio masai, después de que Kenia cerrara, tanto su aeropuerto como las comunicaciones interiores; por el pánico a las posibles consecuencias incontroladas de la pandemia.

El milagro del WhatsApp hizo que Sergio no tuviera que recurrir a una gran fogata para mandar señales de humo como prueba de vida, así que además de tranquilizarnos, nos fue mandando alguna perla gráfica como la foto de las pesas DIY que unos masai le habían regalado.

El caso es que, un año después, aquella aventura ha visto la luz pública en el documental que anoche emitió La2, y es de lo más estimulante que he visto en los últimos tiempos. Y ahora os digo por qué.

Como he apuntado antes, a mí los docus de bichos me aburren un poco. Tal vez sea por que los han puesto de todos los colores, y uno tiene unos años. Tal vez sea porque una vez vistas producciones de la BBC como Tierra uno se vuelve exigente. O tal vez sea porque ahora uno está más en los árboles… qué se yo.

Pero es que en este documental veo mucho más que animales. Un ejemplo rotundísimo de eso que la gente dice, sin mucho convencimiento, de que “vamos a salir mejores del COVID”.

Veréis, a estos pollos les pilla el asunto allí. Justo antes de empezar a rodar.

Pero… ¿a qué iban?

Probablemente a hacer un gran documental sobre leones, o sobre la gran migración de los ñus. Igual tenían una idea brillante para hacer algo nuevo y diferente. Sin embargo, todo su plan se altera en cuanto las circunstancias cambian. El resultado es un relato en primera persona (algún supermarketiniano diría que un ejemplo fabuloso de storytelling) de lo vívida que resulta una historia fruto de una experiencia contraria a tu experiencia. (Léase un par de veces, la frase es de amplio espectro semántico).

Yo no sé cuánto hay de plan y cuánto de improvisación, pero me da la sensación de que en la sala de montaje la edición tuvo que ser casi automática. Debió bastar con editar seleccionando la toma buena, aderezando con planos postal y metiendo cortes domésticos (de esos que siempre se quedan para el making-of).

El resultado es una insólita historia en la que se desdibujan las fronteras entre animales y humanos. Violencia extrema. Hienas contra leones y buitres contra chacales. Guepardos haciendo networking. ¡Una sabana de locos! Nunca he percibido tanto el aspecto psicológico de un animal como en esta producción, y mira que se han hartado de ponerles nombre a los animales.

[Mensaje para aquella ministra -contiene ligerísimo spoiler] Querida ministra, en la sabana enloquecida no hay patriarcado que resista. Búscate el plano en que aparece el león macho cazando y mira a ver qué se te ocurre. Por muy boba que sea la ocurrencia puede que sirva para que la gente se olvide de la calamitosa vida de la “mujer de rosa”, si no estás muy ocupada en buscar las aristas del mando a distancia. [Fin]

Con todo el mimo de no desvelar contenido, aunque me muero de ganas, me muerdo la lengua y solo os diré que, si miráis Wild COVID con ojos salvajes, descubriréis un paralelismo bestial entre el Masai Mara y nuestra vida; una bella metáfora, sujeta en nidos tejidos en el aire; una sustantiva similitud entre nosotros y los leones.

Aprenderéis que volver a empezar nunca es igual. Que en un año trágico para la humanidad los animales viven su propia odisea. Que las migraciones de agosto siempre tienen un lado terrible. Que una coalición funciona, hasta que deja de funcionar. Y que, a veces, no hay otra forma de acometer un problema que respondiendo a un impulso del alma (Save The Lions Masai).

Este documental está dedicado “a todos los que se fueron en 2020”, pero es un precioso regalo para todos aquellos que, en 2021, nos hemos quedado viviendo.

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