Colapso por simpatía
¡¡Qué me decís del colapso paraboloide hiperbólico que ha sufrido el tiovivo del Parque de Berlín tras el paso de Filomena!!
Veréis, si esto hubiese sucedido en una feria en Peñíscola o el carrusel estuviera plantado en la calle Alcalá pues oye: nada que decir. Pero es que estos míticos caballitos llevan girando más de 40 años delante de Nuestra Señora de Guadalupe, “la iglesia de los mexicanos” (que es como la conocemos en Madrid).
Hace falta que alguien listo y optimista escriba, por fin, la auténtica teoría de la casualidad.
Con toda su metafísica, apoyada en riguroso empirismo, y ¡ah sí! con un preciso toque esotérico (para que Miguel Bosé flipe un poco y le dé bolilla).
Nada que ver con la ley de Murphy que, por haber sido enunciada por un auténtico cenizo, ha trascendido -muy lejos de su espíritu- como un bobo chascarrillo o en la imagen asquerosa de la tostada estrellada contra el suelo del lado de la mantequilla.
Y es que también hay leyes de la naturaleza detrás de cada cosa que pasa… por casualidad.
Existe un determinismo casual que, si nos afanamos en estudiar, nos podría dar las claves para entender este extraño mundo en el que vivimos; algo que se hace imperioso a la vista de cómo ha empezado 2021.
A quienes arrumbáis este género de preocupaciones y pensáis que el cariz sobrenatural que adorna algunas de las contingencias más cotidianas es obra de una mano divina, os doy mi enhorabuena (y entenderé que os aburra este escrito).
Pero a quienes os resistís a creer que todo es chiripa; os deslumbra el jaez de los juegos de azar; a todos los que se os tensa el hipotálamo ante ciertos acontecimientos acojonantes, se os dispara la imaginación y (brille o no brille la luna) respiráis -así- mucho mejor; a todos vosotros os digo, queridos míos, que esto no ha pasado -solo- por casualidad.

Que este sensacional edificio llevaba ejerciendo una mágica influencia sobre el cochambroso tingladillo que un día fue a posarse a su vera es lo primero que uno piensa.
Cae un nevadón y, como si sus almas estuvieran ya conectadas, el viejo tiovivo claudica tras años de abnegado traqueteo y “tiomuere” dejando tras de sí un bonito cadáver, a la altura de su vecino de hormigón.
Dicen que en los incendios el suelo se calienta; y por dentro el calor se mueve despertando nuevos focos, lejos de donde el fuego arde. A esto lo llaman arder por simpatía.
¿Pueda ser que el alma de las cosas arda -igual- por simpatía?
Pues sirva esta modesta pregunta retórica como estímulo para que un listo cualquiera sienta la llamada de la selva y vea en este accidente maravilloso el hecho primigenio -delicado material-para elucubraciones filosóficas, físicas o incluso teológicas. Arduo será el camino hacia esa ansiada teoría de la casualidad, pero… todo es ponerse.